El hombre que conocía su hora
Mientras escribo estás líneas aún falta algo de tiempo. Él conocía la hora en que acabaría todo. Penas y alegrías eliminadas de un tajo.
Como última cena sólo deseó justicia y paz para toda la humanidad. Hubo de ayunar. Había dormido bien los días anteriores, confesó. Pero conforme la fatídica fecha se acercaba, su sueño se hizo más intranquilo, sin importar la familiar protección que ofrecían las cuatro paredes de su reducido habitáculo.
Era su hora, pero aún hay tiempo. Al menos eso quería creer. Quizás el buen Dios se apiade de él. Valiente desgraciado el que confía la materialización de la compasión divina en la voluntad de los hombres.
Pronunció sus últimas palabras. Anduvo sus últimos pasos. Eran especiales porque todos sabían que eran los últimos. A partir de entonces sería mejor callar o hacer oídos sordos a los alaridos de dolor que todo ser vivo proferiría en caso de tener boca con la que expresar desesperación e impotencia.
Aseguraron sus miembros. No le hizo falta un redoble de tambores para saber que ella andaba cerca. Sin necesidad de oler la hediondez química, su imaginación intuyó su presencia incluso antes de que encendiesen las luces. Sus lacias líneas negras eran inconfundibles para alguien que la había soñado tanto. En el interior sólo veneno. Al contrario de otras ocasiones, en las que su madre solía estar presente, esta inyección no le haría ningún bien.
No serviría de nada gritar y pedir auxilio para que acudiesen las autoridades. Ellas ya estaban allí y bendecían la ejecución. Más le hubiese valido encargar como cena alguna carne estilo gobernador. Su programa electoral hubiese hecho las veces de carta. Su cena, una oportunidad más para suplicar por su vida.
En algún lugar de Texas y en varios del mundo, el cuerpo de un hombre muere y el alma de muchos desaparece. No me hagan creer que fue casualidad.
Pregunten al desgraciado en la recepción del infierno sobre la hora exacta de su defunción. Comprueben la lista de nombres que formaban la macabra concurrencia. Todos pueden morir felices. Estoy seguro que, como todos los jefes, aquél a quien servirán por la eternidad adora la puntualidad.
Referencias
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Comentario off topic: ya era hora que actualizases, pisha!
Doktor — 13-09-2006 08:31:31
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Lo siento Doktor... he estado _muy_ ocupado en las últimas semanas ;)
Andandare — 13-09-2006 09:40:11
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Increíble que todavía pasen cosas así en un "mundo civilizado". Penoso.
Banyuken — 13-09-2006 17:41:06