No quiero matar al escritor
Su morena melena griega y rizada sucedía a la cara que me miraba fijamente, sólo oculta ocasionalmente tras una gran jarra de cerveza belga.
Estábamos en el pub Willy's, y él observaba a través del cristal las húmedas colisiones regulares provenientes del cielo nocturno de la ciudad de Ginebra, que esa noche había disfrutado de un espectáculo coreografiado de fuegos artificiales.
Pudimos haber ido a una fiesta, pero lo cierto es que en épocas de tormenta no hay nada como guarecerse bajo un techo y tener una cálida charla sobre cualquier tema con un buen amigo. Evidentemente hablamos de la tormenta, y de cómo me ayudaría a sortear una vez más el infierno invernal que me sigue allá donde voy.
Nuestra discusión no iría a ninguna parte. Soy una persona muy reflexiva y de voluntad. También podría entenderse terca. Cualquiera que fuese el argumento a favor de dejar las cosas estar, lograba rebatirlo para retomar de nuevo el testigo de la razón. Deseaba perder ese testigo, pero no pude. Mi voluntad y mis sentimientos eran más fuertes. No pudo hacer nada y no le culpo. No era responsabilidad suya, ni de ningún otro, hacerme ver lo que mi sentido común me dice que sólo debería aceptar. Apliqué el punto de vista del ingeniero en el extremo que menos me convenía. Todo el mundo debería tener a éste en su colección de puntos de vista. Lamentablemente, no todo aquél que cuenta con él siempre lo escucha, sino cuando es demasiado tarde.
Se incorporó un poco sobre su asiento y me dijo que conocía las palabras para lograr ganar el último envite dialéctico, pero que no quería matar al escritor. Si me decía esas palabras, probablemente mis letras callarían. ¡Vaya tragedia para el mundo!, pensé. Este comentario, que vino de alguien que no puede entender mi idioma, alguien que lo único que conoce de mis escritos es la traducción improvisada de algunos poemas de viva voz, supuso el mejor y, por sus circunstancias, más bienintencionado de los halagos que han recibido estos textos.
Me encantaría matar al escritor, le contesté inmediatamente. No tener una sola razón que me arroje de mis quehaceres y ambiciones diarios a la actividad aparentemente inútil que supone escribir.
Impotente, me preguntó qué otra cosa podría decirme, aparte de lo dicho, si no le había dado más información. Me pidió que me pusiera en su lugar y que ignorase todo mi conocimiento. Todo lo que viví con ella. Mi intuición y mis registros mentales de conversaciones y gestos. Los juicios directamente inferibles de mi memoria eidética, con los que otros coincidían. Consultas intempestivas a amigos comunes. Todos aquéllos maravillosos detalles que hacen de un encuentro un suceso irrepetible. Las semanas durante las que nos vimos todos los días accidental o intencionadamente. Nuestras charlas. Su sonrisa. Su mirada. Sus insinuaciones. Lo que dijo. Lo que calló.
Implícitamente, también me pidió que ignorase los detalles que barruntaban mi ruina, aunque, cuando ocurrieron, yo mismo los ignorase. Por obsoletos, los había omitido.
En resumidas cuentas, me pidió que lo interpretase aconsejándome.
Me dejé acompañar en mis entrañas por la espirituosidad de la misma bebida que mi amigo, una rubia belga que aún invadía sus labios, dientes y lengua con sus jugos y aromas. Sobre mi boca, la boca de una francesa «Desperados» terminaba el trabajo que su hermana no pudo.
En el estado de ensueño alcohólico inducido por las dos francófonas, creo que comencé a gesticular. No prestaba atención a lo que veían mis ojos o a los involuntarios sonidos que no me interesaban oír. Mi amigo percibió un cambio en mi expresión que le debió indicar que estaba siendo conducido por «el buen camino». Blind Guardian no dudaba en continuar tocando en mi cabeza «Black Chamber», que en ese momento de amistad y cerveza me parecía la canción más dulce, pese a ser conocedor de la terrible catarsis que describe.
Salida de ninguna parte, una voz dijo que continuase pensando. Traté de cumplir la orden como mejor pude, sin hacer preguntas ni dar las gracias.
El tránsito a la persona de oreja trianillada que tenía enfrente, fue muy difícil. Ponerme en su piel suponía el considerar olvidar momentáneamente mis sentimientos. Dejarlos atrás junto con mi esencia, en ese cuerpo de actor que prestaría los consejos y que haría las veces de él mismo. Este mero desplazamiento ficticio ya me hizo sentir dolor. Como si estuviese deshaciendo un collar, perla a perla fui desenganchando las esperanzas que daban fuerza a la ilusión que nos llevó más de un mes engarzar.
Las proposiciones que me hacían desear una vez tras otra obtener el testigo de la razón, perdían verosimilitud y otras simplemente desaparecían por desconocimiento.
Admití, taciturno y quedo, que habría dicho lo mismo que él.