El café de anoche
Justo hube de mencionar mis ilusiones para reencontrarme contigo en la misma mesa que nos vio por primera vez. De nuevo es futuro.

Ahora sé que ese futuro está próximo. Me he quedado con la cromacidad de la iluminación del local. Es posible, incluso, que el suelo tuviese un enlosado de ajedrez. Una superficie irregular que no ha conocido la actividad de una pulidora.
En esta ocasión no me interesé demasiado en ti. Simplemente meditaba acerca de las soluciones ingenieriles más idóneas al último problema recogido en el dossier que mi jefe había superpuesto al caos foliar de mi escritorio. Observaba mi café y cerraba los ojos, mientras daba pequeños sorbos a mi bebida, que no abandonaba su calor.
Tú tampoco hacías nada por entablar una conversación. Definitivamente era el fin de algo que no podía durar, porque no era real.
Siempre me habían dicho que el tabaco provocaba muerte lenta y dolorosa. Que podía producir cáncer, impotencia, etcétera. Cuando encendí mi pipa una vez más, pensé que había peores formas de morir. Y de vivir.
No soy tu enemigo, ni tu adversario. Ten esto bien claro cuando trates de escrutar mi mirada de jugador de póquer. No estás falta de empatía. No es que me sienta poco comunicativo.
Me he convertido en un gran actor. De ti depende el grado y el modo en que me muestre. Supones bien cuando piensas que no tienes culpa de nada. Nadie la tiene. Te sonrío y trato de comenzar una conversación que trate de esclarecer cuál es la más inmediata de tus intenciones, sin importarme mucho si me incluyes en ella.
El viejo truco de imaginar que el brazo al que sacan sangre no es el mío, funciona también cuando me rechazas, o estás a punto de hacerlo.
El humo que vi en mi anterior aparición resultó ser mío. La última bocanada es especialmente densa. Sorprendido, hago aspavientos con los brazos para apartarlo. Puede que mantenga el estoicismo de un samurai al entregar su vida respecto de tus decisiones, pero no he perdido mi galantería de caballero, ni mi civismo como persona.
Para mi perplejidad, ya no estás.
La camarera se me acerca con gesto risueño y me pregunta si tomaré algo más. Mi bigote y mi labio inferior dibujan una sonrisa pícara que oculto inmediatamente. Sólo mis ojos me delatan cuando me vuelvo y le pido otro café. «Uno para mí y otro para ti, hermosura».
Sofoco la pipa y mudo de mesa.
Referencias
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Antes de que alguien piense que estoy deprimido... no es así. Ahora estoy mejor que nunca.
Si es un amigo o un familiar quien lee estas líneas, por favor, no olvidéis que, porque escribo, soy escritor.
Y si como escritor no os gusto... pues lo siento.Andandare — 20-06-2006 10:28:20
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¿escritor? no creo, Gran escritor diria yo
Sergio — 20-06-2006 12:56:57
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Gracias Sergio! Me alegro que te hayas dejado caer por este, tu blog :-)
Andandare — 20-06-2006 13:44:58
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¿No querría ella un té, por casualidad?
Banyuken — 20-06-2006 16:09:57
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Si le siguió el juego, se lo que sea lo que quisiese, él lo tenía ;-).
Andandare — 21-06-2006 10:23:43