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Andandare

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Y el aventurero, torcida la última vereda, en volviendo la vista hacia atrás y con la congoja creciente por el destino inexorable que se le avecinaba, preguntó: ¿andandaré?.

Viernes, 26 de mayo de 2006

Historia de un chico que fue a la playa

Era temprano. Y a un chaval se le había metido entre ceja y ceja ir a bañarse al río. Le importaba menos lo que la gente estuviese haciendo en esos momentos, que sus ganas de sumergirse en el agua fría, salvaje y salina.



Se levantó, se calzó sus tenis y eligió un bañador con una camiseta que no desentonase. Cuando tomó la toalla creyó que llevaba todo lo necesario.

El frío en el viento pugnaba con el calor de los rayos del sol sin demasiado éxito. Cerró los ojos e inspiró profundamente. Aromas salinos y yodados precedieron a la imagen de la primera de sus playas solitarias. Pero la costa no era tan maravillosa como la imaginó. Anduvo un buen rato, más que nunca, y pronto notó los efectos de la sed.

No iba a poder continuar. De hecho, incluso el camino de retorno a casa se le antojaba demasiado largo. Continuó con un ritmo cansino. No había abandonado su idea original, pero comenzó a dudar de sí mismo. Inconscientemente trató de racionar sus energías.

Sin notarlo, una chica mayor se aproximaba, siguiendo sus pasos. Sus largas pancadas, en comparación con las de Alex, no tardaron en alcanzarlo. Estudiaba ensimismada unos folios escritos con letra apresurada y clara. Por el interés que mostraba, debía tener un examen pronto. En menos de lo que el chico era capaz de acabar con un trozo de bizcocho, que probablemente lo esperaría a su regreso, inició una animada conversación.

Lorena mostró ser una conversadora agradable y cordial. Efectivamente, los exámenes estaban a la vuelta de la esquina. Se preguntaron mutuamente hacia donde se dirigían. La chica se desviaría porque debía tomar la carretera que conducía a casa de su familia, en la zona más agreste de la Jara, unos kilómetros antes de llegar al pueblo vecino.

Cuando se despidieron, le ofreció su botella de agua, que se había calentado desde que salió del puerto de Bonanza. Tómala, no seas tímido. Te hará falta para llegar a Chipiona, donde el agua de la marea es más fría, salvaje y salina. Si existe la playa que buscas, debe estar allí. Eso dijo. Y con una sonrisa marfileña y bondadosa se despidió, dejando a un Alex totalmente azorado. Alzando la voz, correspondió con un “muchas gracias” el regalo de esta improvisada amiga, que lo libró de la deshidratación.

Recorrió la franja entre la arena y el río. Con la venida del mediodía, el calor se hacía insoportable. Hizo un ovillo con la camiseta. De vez en cuando la playa se abría más. No era exactamente la imagen que esperaba, pero probó suerte. Sentía calor. Miles de pequeños guijarros y esquirlas de restos de moluscos que ya no existen se clavaron en sus pies. Gotas de sangre. Escozor por el salitre. Pronto aprendió a sortear y tolerar este dolor.

No debería haber esperado una arena desprovista de aristas y cortes, o bien de peces sapo. Fuera lo que fuera aquello de lo que dependían para subsistir, se había ido a tomar viento. Varias decenas de sus cadáveres jalonaban la frontera entre el medio aéreo e hídrico. Algunos incluso presentaban una piel enfermiza y blanca.

Ahora se sentía cómodo andando descalzo. Dejó allí los zapatos. Ya los recogería a la vuelta. Dejaron de ser necesarios.

Hacía una hora, cuando aún iba acompañado de su amiga Lorena, y pese a lo distraído de su charla, logró quedarse con la lentitud de la marea. Estaba bajando, pero confiaba que durante su paseo le diese tiempo a subir.

Entre Sanlúcar de Barrameda y Chipiona hay un área de playa libre de guijarros. Al menos aparentemente. Alex no conocía la desembocadura del Guadalquivir. Era la primera vez que realizaba una exploración tan osada por su cuenta y riesgo. Su madre sólo supo que salía a dar un paseo. Recordó lo que dijo a su madre. Pensó que podría estar preocupada. Culpa. Pero de pronto se percató de su soledad. Y de los perros que una vez tuvieron dueños y que ahora eran de todo, menos domésticos. Sintió miedo.

Se desesperó y probó suerte en esa playa que prometía. Se parecía mucho a aquella que tenía en mente cuando salió de casa. Descendió la pendiente. Sus pies notaban la humedad creciente. No necesitó utilizar su nueva habilidad. Sin embargo en esta ocasión encontró, sumergidos e invisibles, cantos rodados de tamaño considerable en relación a su pie. Estaba convencido de que ése era el sitio que buscaba.

Conocía que la marea bajaba. Sus pies ansiosos por abandonar esa barrera insospechada de esa playa perfecta, comenzaron a resbalar. Esos mismos cantos tenían algas, lo que hacían de ellos una superficie poco segura. Se torció el tobillo. Equilibrio. Se libró de una gran caída. Todo para mojarse sólo por debajo de las rodillas.

Deshizo el descenso, ganando a cada paso mayor seguridad y desenvoltura. Los últimos fueron los más sencillos. Ahora conocía la amenaza del lecho. La amenaza que el bello brazo de agua ocultaba. La amenaza que le costó reconocer y aceptar.

Comprobó que no le dolía el tobillo. Un poco de calentamiento. Listo. Miró con otros ojos al río. No importaba cuánto andase. El río tomaría más tiempo en volver a subir del que él mismo emplease en su paseo.

Recordó que en una calle próxima a la capilla de la Virgen de Regla, en Chipiona, vivía su tía. No la veía desde hacía una semana.

Sin embargo, la playa soñada podría estar tan sólo unos cientos de metros más adelante. Era necesario tomar una decisión. Elegir. El río continuaba mermando casi sin querer. El recuerdo de una marea completamente baja le decía que aún debía bajar mucho más. No existía una duda razonable sobre la existencia de su playa mística. Aquélla libre de filos cortantes o cantos resbaladizos, con una misteriosa marea propia, que siempre estaba alta.

Su tía se alegró mucho de verlo. Llenó el preciado regalo de su amiga con agua que ahora sí estaba verdaderamente fría y, orgulloso, dijo que volvería por su propio pie. Conocía el esfuerzo. Conocía los peligros. Conocía que por alegrar a su tía valió la pena retrasar en un día su determinada ambición.

Volvió a la playa. La marea seguía bajando. Tras mucho andar, llegó a casa. Su madre lo mandó a la ducha. Lo regañó por llegar tarde a almorzar, pero de postre hubo pastel.

Al anochecer no lamentó los cortes en sus pies. O que comenzase a doler el tobillo que se torció. La sed la superó gracias a una nueva amiga. Ya no le era ajeno el infierno del sediento. A partir de ahora llevaría una cantimplora por si él o cualquier otro necesitara beber. Además, pronto se haría con un libro de mareas. Llegaría en el momento oportuno. Evitaría las playas claramente peligrosas, a las que ahora no tenía ningún miedo.

Nada teme el que conoce y sabe cómo sortear y huir de todos los peligros que encontrará en su ruta.

Pese a sus desventuras, valió la pena caminar. Esperaría. Y un día alcanzaría la playa que le indicase su amiga Lorena. Quizás pasó por delante y no la reconoció, porque la marea debía estar alta. Feliz con este último pensamiento, se durmió.

Y, en sueños, se perdió en la playa donde una gaviota remontó el vuelo. En su mirada de pájaro, un chico más diestro y sabio se sumergía en las aguas del trozo de orilla que buscaba.

Referencias

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Comentarios

  1. A veces ni la marea nos consuela. Ni a Álex, ni a mi, ni a ti ni a nadie. La destreza y la sabiduría las tiene quien las busca sin descanso.

    Banyuken — 29-05-2006 12:02:18

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