El Conde de Montecristo (y II)
No hubo un conde, pero sí un “Edmond” (realmente no era éste su nombre). Este hombre, tras salir de prisión, cobró una herencia -si no recuerdo mal lo que leí, en el anexo de la edición de Anaya- y pretendió vengarse de los responsables de su encarcelamiento.
Como muchos adivinarán, antes de ver cumplida su venganza, ésta fue detenida.
Parece que hay cosas que sólo pueden acabar bien en las novelas :-D.
I
Pobre Edmond que se retuerce
¿Te duelen los latigazos?
¿Inocente dices, ingrato?
¡Confiesa como perro que eres!
Frío sudor te estremece.
La espalda, hecha un trapo.
Cayos del mar en tus manos
y rejas que no se vencen.
Castillo de If, desgraciado.
Donde van los de tu ralea.
Asesinos y malvados.
No oirán jamás tu queja.
Te han metido en mismo saco
que aquél nacido en Galilea.
II
Descansad mis sufridores
porque ahora y aquí os vengaré.
He escrito en la pared
el fin de ciertos señores
con uñas, dedos y sangre
de mis manos y de mis pies.
Aquellos en quienes confié,
dispensaron lacerante
semejante trato ingrato.
Mil muertes no bastarán.
Pagarán esos bastardos.
Sólo al expirar conocerán
el nombre del desalmado
que creyeron encarcelar.
III
Tu venganza procurarás.
Aunque no puedas perdonar,
abate amigo comprende
a quien enterraron chaval.
IV
Paternal viejo erudito
rodeado rico y muerto
de girones, que son libros,
por cometer el delito
del silencio a la familia
de ambiciones ostentosas,
pobre en alma pecadora
y amante de muerte ofidia.
Magnífica fue su lección:
aprovecha bien el tiempo.
Divina armonía en canción
de leal paciente preso,
que atiende con atención
las enseñanzas del maestro.
V
Renace de tus cenizas
mi buen y fiel marino.
Con tu barco de destino
ve y juega cruel con la vida
de todo aquel cretino
que buscase tu ruina.
Emplea ira desmedida
contra supuestos amigos.
Castiga para que sientan
y penen con sinceridad
tu sobrevivir. ¡Tempestad,
para los que darás final,
para los que no se enmiendan!.
Justo pago es a su iniquidad.
VI
Un día en Italia renace
aquél que mira, taladra
y muerde, mientras ladra,
la industria de los tenaces
que medran cuando acaban
con la vida que deshacen.
Tu justicia es implacable.
A tu lado ya no escapan
banqueros, reyes y truhanes.
Todos oyeron del conde
con siervos y propiedades.
¡Pobre quien conozca al hombre!
Tamaña ruina delante,
es Montecristo su nombre.