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Andandare

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Y el aventurero, torcida la última vereda, en volviendo la vista hacia atrás y con la congoja creciente por el destino inexorable que se le avecinaba, preguntó: ¿andandaré?.

Jueves, 04 de mayo de 2006

El afinador de cuerdas

Hubo una vez un artista de la madera. Un genio de los instrumentos. Este artesano no hacía dos instrumentos iguales. Aunque en ocasiones emplease el mismo patrón y aparentemente tuviesen la finalidad, no era sino en manos de sus artistas de donde estos instrumentos eran arrancadas sus verdaderas notas.

Antes de que artista y afinador coincidiesen en la misma persona, existía la divina figura del afinador de cuerdas. Hacía padecer al instrumento hasta alcanzar la perfección capaz de interpretar luego la más bella melodía.

Si del instrumento partía su mástil poco importaba, pues sólo era necesario acudir de nuevo al artesano de los instrumentos. Así de sencillo y reemplazable es sustituir estos instrumentos únicos e irrepetibles, que jamás volvían a ser los mismos tras pasar por las manos del afinador.

También se dio la ocasión en que artesano, afinador e intérprete coincidieron en la misma persona. No hubo mayor piedad para el instrumento de éste último, que vio roto su mástil pronto e injustamente, en la catarsis de su interpretación melódica.

Pero no se puede hablar de justicia en lo referente a la ejecución de una pieza. No tiene sentido. Cada intérprete se une a la melodía como mejor puede. Y si se rompe una cuerda de tu guitarra, debes detener tus notas para sustituirla, o saber continuar, interpretando sin esa cuerda.

En caso de que te quedases sin ella, puedes solicitarla a un vecino, o bien robar la preciada cuerda a sabiendas de sus pensamientos, caracterizándote en tu troupé.

De entre todas las metáforas de Tolkien, no se me ocurre otra más bella que la de enfocar la creación como la interpretación de una melodía. No hay mala leche en el artesano, que simplemente hace los instrumentos. Aunque, dependiendo de las circunstancias de éstos, quizás no padecerían tanto al ser afinados.

El afinador simplemente hace su trabajo, para poder proporcionar el sonido más limpio y preciso en manos de un intérprete con habilidad. Pero de vez en cuando destroza algún instrumento.

Finalmente, es el artista el responsable del mantenimiento del instrumento y de que durante la vida útil del mismo produzca las mejores notas capaz de producir.

No me importaría nada. No sería tan consciente de la crueldad de la realidad, si en realidad no fuese consciente de que estoy hablando de personas y no de objetos.

Con vana esperanza de que lo que escribo sirva a alguien que visite este blog, continuaré ejecutando la partitura que hasta el día de hoy a mostrado ser escrita en su mayoría para un sólo intérprete, aunque de vez en cuando me empecine en tratar de unirme e invitar a otros.


El maestro sopla la madera
del joven gran instrumento.
Orgulloso de lo hecho,
lo ultima con cuerdas.

Sonido, oquedad, barniz.
En el taller de las astillas
mástiles rotos de vidas
que son humanas, sin pulir.

Compases desaprovechados,
destiempos, afonías.
Olvidadizo artesano,

indolente, luego afina,
con firme traste apretado
y batuta de agonía.

Referencias

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Comentarios

  1. En realidad, cuando recibo un comentario de uno de "los míos" (como Banyuken o Doktor), no se me hace tanta la soledad de esta partitura. ;)

    Gracias amigos.

    Andandare — 04-05-2006 13:44:01

  2. Me he llevado un disgusto hace unos días en Madrid, uno de los pocos talleres de luthier que quedaban, si no el último, ha cerrado sus puertas. Estaba en la calle Hortaleza. Que pena!, perdón por lo poco adecuado del comentario ya que no se refiere al articulo de tu blog, pero es que si no lo decía reventaba!.

    Doktor — 05-05-2006 11:51:30

  3. Realmente no desentona con mi artículo, Doktor.

    Me he interesado por los talleres que mencionas: http://w3.cnice.mec.es/tematicas/paginamusical/200...
    y, aunque no son personas, he descubierto que los violines también poseen alma.

    Sorprendente.

    Andandare — 05-05-2006 11:57:36


  4. Sonido, oquedad, barniz.
    En el taller de las astillas
    mástiles rotos de vidas
    que son humanas, sin pulir.

    Compases desaprovechados,
    destiempos, afonías.

    QUÉ PRECIOSIDAD, PACO.

    Banyuken — 05-05-2006 13:57:01

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